En la ciudad de Bogotá nació una niña llamada María. Ésta desde el
primer día recibió todo el calor de hogar de sus padres quienes le inculcaron
los mejores valores al pasar de los años. Su padre era pintor y María cada día
más admirada por sus bellas artes quería seguir sus pasos, idea que a su madre
no le gustaba para nada pues ésta se desempeñaba como abogada y pensaba que su
hija debía estudiar una carrera para que en un futuro fuera una verdadera
profesional y tuviera un trabajo estable.
María cumplió los nueve
años y aún no ingresaba al colegio, su madre preocupada busca uno donde sus
compañeros tengan una edad aproximada a ella y al encontrarlo inmediatamente la
inscribe para ingresar al día siguiente. Cuando María se entera de esto, siente
miedo y empieza a llorar como reacción a esta incertidumbre mezclada con temor
a lo que se vendría. Su padre se da cuenta y tratando de consolarla le dice:
“Tranquila hija, solo por mañana no irás al colegio pues sé que te tomó por
sorpresa esta noticia y hablaré con tu madre para que te quedes otro día más en
casa”. Y así acontece, María no acude a la escuela el día estipulado pero al
día siguiente sí, yendo con más expectativas y segura de sí misma gracias al
apoyo y al diálogo con su familia.
El primer día le fue muy bien. Tuvo una conversación muy amena con
unas de sus compañeras las cuales compartían sus mismos pensamientos y
creencias religiosas, lo que la llevaba a pensar que iban a hacer muy buenas
amigas. Cuando llegó a la casa con la ilusión de abrazar y
contarles la experiencia de este primer día a sus padres, se encontró que
habían emprendido un corto viaje, pues debían solucionar un mal entendido sobre
una hipoteca lo que la entristeció un poco. María empezó a revisar sus cuadernos
y recordó que su maestra había entregado una fotocopia dónde comunicaba que al
otro día la entrada a clases era una hora más tarde y que debían exponer algo
que fuera significativo para la familia y explicar el motivo, pero como María
aún no sabía leer y quién la estaba cuidando era su abuelo tampoco sabía, ya
que no había recibido los conocimientos suficientes para aprender leer.
Al día siguiente María
llega una hora antes de lo especificado en el comunicado y tuvo que esperar
sentada a las afueras del colegio hasta que abrieran el portón y cuando lo
hicieron corrió inmediatamente a su salón de clases donde encontró a su maestra
y le comentó lo que había ocurrido con la nota (fotocopia) que había mandado. Seguidamente
su maestra le explica cuál era la tarea y de inmediato María empieza a recordar
y a pensar un objeto el cual podría exponer, decidiendo hablar sobre el cuadro
de la última cena de Jesucristo, pues ellos eran muy cristianos y éste
simbolizaba gran parte de sus creencias. A la hora de pasar, María estaba muy
nerviosa pero sacó adelante su relato
donde describió la historia de este cuadro y explicó el porqué era simbólico en
su familia. En medio de esto un compañero hace una serie de expresiones en
contra de sus creencias, pues este niño provenía de una familia atea y por
consiguiente Él también lo era, lo que le desagrado mucho a María. Esta,
conforme a los valores que le habían inculcado en su familia le responde
respetablemente con una frase que su padre le hizo memorizar: “No somos lo que
hacemos ni lo que pensamos, tan sólo somos la huella que dejamos” lo que hace
impresionar, reflexionar y admirar a su compañero.
Acabada las horas de clases
María se encuentra con sus padres a los cuáles les cuenta toda su anécdota en
sus primeros días en el colegio.
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